Nadie nos enseña a ser padres. Aprenderlo es una estimulante experiencia junto al compañero de viaje más querido:nuestro hijo.
Érase una vez, en un planeta llamado tierra, un niño llegó al mundo. Es un nuevo milagro de la vida, que se sucede a diario cientos de miles de veces en todo el planea. Sin embargo, tanto para el recién nacido como para los nuevos padres, es un camino desconocido, una nueva ruta por descubrir y aprender.
Nadie nos enseña a ser padres, lo aprendemos a duras penas de nuestros antecesores, con todos sus éxitos y también sus fallos grabados en la memoria. Recuerdos de infancia y adolescencia, de momentos en que nos sentíamos conectados a nuestras raíces o de vivencias de soledad e incomprensión, que quizá también existieron.
Cuando tenemos en brazos por primera vez a nuestro hijo, todos estos recuerdos se desvanecen, así como las promesas internas de que nosotros lo haríamos mucho mejor que lo que percibíamos en nuestra infancia. Pero la realidad es otra. Nuestra parte humana surgirá tarde o temprano para marcar a los hijos con nuestros hábitos y formas de ver la vida. La perfección no existe. Damos todo lo que podemos y ojalá podamos aprender a no juzgarnos.
Es un camino desconocido que se va forjando poco a poco y del que aprendemos a lo largo de su recorrido. No existen escuelas, no hay diplomas ni doctorados. Tan sólo está el amor incondicional de ofrecer a otro ser todo lo que somos, tenemos y hemos aprendido.
Estamos ante un curso intensivo en el camino de la vida que no podemos abandonar una vez nos hemos matriculado.
Este ser que ahora parece totalmente frágil, vulnerable y dependiente de nosotros será el maestro más importante de nuestras vidas. Ha llegado con un espejo mágico debajo del brazo que nos reflejará a diario todas nuestras facetas a mejorar, nuestras debilidades, sombras y rincones que no queremos ver o que deseamos esconder al mundo. Nuestro pequeño tiene la llave para abrir todos estos recovecos y atraerlos hacia la luz del día.
Es un regalo, depende de nosotros si deseamos verlo de este modo y aprovechar cada día sus lecciones o queremos luchar en su contra, escondiéndonos del mundo y aparentando delante de nuestros hijos lo que no somos. 
Todos los padres hemos cometido errores pero, ¿quién no lo hace mientras aprende algo nuevo?¿Acaso aprendimos a conducir en un día, a manejar el ordenador
en unas horas o a tocar el piano en una semana? Todos nos equivocamos, pero hay que seguir adelante, verlo como un juego, y continuar el camino con honestidad y humildad.
Nuestros hijos son nuestros maestros. De ellos podemos extraer todo lo que necesitamos para evolucionar como personas. Nos mostrarán aquello que todavía necesitamos aprender. Sin embargo, con su comportamiento y reacción ante estímulos, también veremos nuestras virtudes y lecciones ya aprobadas.
Es una escuela intensiva para toda la vida. ¡La aventura más profunda y enriquecedora que podemos encontrarnos en este planeta Tierra!
Nuestros pequeños nos ofrecen una oportunidad única para poder encontrar madurez y equilibrio interior. Ayudando a crecer a otro ser en las primeras etapas de su existencia tenemos la oportunidad de sanar nuestras propias experiencias y sucesos pasados de nuestra infancia y adolescencia.
También nos ayudan con su inestimable presencia a agrandarnos el corazón; a abrir nuestro centro energético de amor incondicional. Se trata del chakra del corazón, que puede que en ocasiones esté cerrado o bloqueado por experiencias pasadas.
LO MÁS IMPORTANTE EN LA RELACIÓN CON NUESTROS HIJOS ES APRENDER A COMUNICARNOS CON SINCERIDAD DESDE QUE NACEN. APRENDER A HABLAR CON ELLOS Y A CONECTAR TOTALMENTE; A ESTAR PRESENTES.
Podemos observar a nuestros hijos a temprana edad. No tienen miedo de expresar lo que desean o sienten a cada instante. Comunican de igual manera tanto la alegría y la felicidad, como el miedo o la tristeza. Y de la misma forma que lo han expresado lo dejan partir, como una nube en un día de viento. No se acuerdan ni lo llevan consigo durante días; son libres y van ligeros de equipaje. En sus ojos brilla un corazón abierto que, sólo con mirarlos, nos manifiestan tener unas ganas tremendas de experimentar y vivir la vida.
¿Por qué los adultos nos empeñamos siempre en llevar tanto equipaje? ¿Cerramos paulatinamente nuestro corazón por miedo al nuevo dolor? Sí, podemos inmunizarnos pero, ¿a qué precio? Es costoso y, además, luego el esfuerzo de ser felices y de abrirnos será más duro a medida que vaya pasado el tiempo.
Aprendamos de nuestros maestros: "Nuestros Hijos". Observémoslos y esforcémonos en imitarlos. Al fin y al cabo, también nosotros fuimos y somos niños.
Montse Bradford (La alimentación de nuestros hijos) Ed. Océano Ámbar.










